Silueta Bilingual Magazine


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CARTA A MI PADRE


Por Adriana Martínez

Querido 'apá Jesús,

Le escribo esta carta para decirle que hoy tuve un gran enfrentamiento con mis tres compañeras de casa. Las tres querían saber de lo que yo siento hacia ellas por su comportamiento en mi presencia. Quieren respuestas de mí, quieren que yo les explique cuando me lastiman o digan algo que no me parezca o que me ofenda. Todo esto es porque yo soy de una etnicidad diferente a la de ellas. Debo explicar mis sentimientos, mi antepasado, mi cultura, mis costumbres, mis creencias, en fin debo abrir mi texto histórico para hacerles saber quién y qué soy en esta sociedad que cada día me consume en un frío abismo de soledad e incertidumbre. Debo "educarles" y decirles que me lastiman con sólo hacerme sentir como que soy un bicho raro. Estoy harta de tener que comprobar que simplemente soy otro ser humano. No, aquí no soy simplemente esto sino que me asignan rótulos: ¡soy una mujer étnica, una minoría, una mujer de color, una mujer del tercer mundo!

Padre, dígales que se vayan al demonio. Yo no puedo decírselos... ¿sabe por qué no puedo articular el dolor éste que me consume? Porque usted nunca me permitió expresar mis ideas. Fueron mil veces las que me hizo callar cuando traté de decir lo que yo creía ante una mesa llena de gente "adulta". Siempre creyó que yo era simplemente una "chiquilla", como tantas veces me llamaba al gritarme, pero nunca fui una chiquilla para lavar trastes y servir su comida, calentar sus tortillas, o para pararme de la mesa, estando sentada igual a usted, para traerle una cuchara o alcanzarle algo que estaba frente a usted. Sólo fui una criada, no un ser humano con ideas y emociones.

¿Cuántas veces no me gritó y ofendió con palabrotas por sólo tratar de abril la boca? Cuántas veces no me dijo, "¡retírate!" ¿Padre, por qué me hizo esto? Ahora estoy sufriendo las malditas consecuencias. Soy tímida, aunque algunas personas que me conocen jurarían que no lo soy, y suelo sonreír para cubrir el dolor que apachurra mi alma. Lo peor de todo, padre, es que no sé articular concretamente mis ideas porque temo que alguien se pare frente a mí y me diga que me calle. No tengo la suficiente confianza en mí y creo que no sé comunicar mis pensamientos lo suficientemente bien. Los hombres me presionan a expresar mis ideas, pero no sólo ellos sino que en mis clases debo participar en conversaciones y es rara la vez que lo hago. Salgo de la clase casi llorando y sintiéndome inferior a las demás personas. ¡Esto es lo que más me destroza por dentro, padre! ¿Por qué tenía que callarme todo el tiempo? Ahora que estoy en la universidad se espera de mí comunicación y articulación en clase. ¿Cómo es posible que aprenda en dos años a decir lo que pienso en realidad cuando por años desde que aprendí a hablar no se me permitía hacerlo? ¿Cómo? Dímelo tú, padre, digámelo usted, perdón. ¿Cómo es que uno puede salir de una jaula sin en realidad saber volar? Sí, ya sé, dándose caídas y quebrándose partes del alma. Así es como yo estoy aprendiendo.

Padre, siempre que siento la angustia ésta de no poder comunicar mis sentimientos y pensamientos oralmente, me pongo a escribir en un libro pues en éste me siento omnipotente, además, éste no me puede callar y negar que exprese lo que yo quiera. Paso la mitad del tiempo escribiendo y ya no quiero hacerlo pues prefiero articular las palabras al viento y compartirlas con confianza con mis compañeros. No quiero seguir siendo aquel diario que por tantos años fui, a l lado suyo. No puedo ser un libro el cual tengo que abrir para que se lea cada vez que alguien me pregunte algo. Sé expresarme, pero hasta ahorita lo hago mucho mejor en papel y ya estoy harta, padre, ya no podré hacerlo más.

¿Por qué fue así de duro conmigo y con todas mis hermanas? Usted sigue diciendo que yo no sé agradecerle todo lo que hizo por mí y que si no fuera por todo aquéllo, yo no estuviera en este país. ¡Qué ironía! Si usted supiera que lo mejor que hubiera podido hacer por mí habría sido dejarme en México con mi mami. Y sería un ser seguro de sí mismo y completo, no uno hecho pedazos aquí en este país que no me entiende y que no entiendo. Yo sé que usted se sacrificó demasiado por mí pero yo lo que más necesitaba de usted era comprensión y amistad, no aquellas cosas materiales que me dio y por las que dice no sé agradecerle.

Ojalá hubieras sido un mejor padre, papá, uno como el de tantas amigas que no necesitan de un diario sino que tienen una boca y mucho mejor, la utilizan. Perdóneme por sólo reprocharle la manera como me trató por tantos años, quizá deba comprender que usted también estaba solo y que se sentía abandonado.

Recuerdo aquella tarde, unos minutos antes de que usted se fuera a trabajar, estaba sentado frente a la televisión viéndola, pero no, en realidad su mirada trascendía la pantalla, afuera la tarde empezaba a nublarse. Sentada frente a usted vi su tristeza y el vacío dentro de usted. De repente me sentí muy triste porque se veía tan solo. Como ninguno de los dos sabía cómo expresar su cariño para el otro era muy difícil hacer algo, per o no sé qué me atrajo a usted y enseguida me encontré sentada en sus piernas con mi brazo alrededor de su cuello. Empecé a derramar lágrimas--mis files compañeras--y usted reaccionando, con suma sorpresa me preguntó, "¿Y tú qué te traes? ¿Qué te pasó en la escuela?" Le dije, "Nada, qué habría de pasarme, sólo quiero abrazarlo." Enseguida al notarle sus ojos razándose de lágrimas me empujó y, para no avergonzarlo, me retiré. Los dos nos necesitábamos mucho pero ninguno sabia cómo acercarse. ¿Recuerda esta escena, padre? Yo bien que la recuerdo, pues era única.

¿Por qué nunca nos demostró cariño? Somos una familia tan grande pero a la vez chica. Todos sus hijos ahorita carecen del recuerdo de un padre cariñoso en su infancia y aún hasta la fecha no han podido sacar de usted ese calorcito que de seguro esconde. Padre, lo quiero y nunca es tarde para cambiar.



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